Vidas rebeldes, no era una película de cawboys al uso. La vista se pierde en el horizonte monocolor. Hay tejanos, sombreros de ala vuelta, licor a granel y caballos salvajes, pero la ley no es la del más fuerte. Dos tipos, pistoleros supervivientes del duelo eterno, prefieren flagelar su impotencia ante la mirada licuante de una chica que, tiempo atrás, arrinconó su ukelele en un baúl.
Confiné mi tribu de indios de plástico en una reserva indecente y me tatué en el pecho aquel triángulo irregular. Ni héroes ni villanos: aún había sitio en el corazón para causas errantes.
Manuel Montalbán Peregrín
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